¿Producirse para ir a Mictlán?

  • Nuestro colaborador Carlos Didjazaá hizo una visita al inframundo de la moda y nos da su minuto a minuto Fashion Mictlan by Cerveza Victoria.

 

El logo de Cerveza Victoria destacaba entre el aura de luces rojas que ambientaba la reunión en Altto San Ángel. Con la promesa de ser un gran evento y entre el acostumbrado secretismo de la moda mexicana me llegó la invitación dos días antes con avun “¿te interesa?” como único mensaje.

Era primero de noviembre, víspera del Día de Muertos. La ocasión estaba titulada “Pasarela Mictlán”, así como el lugar en el que según los mexicas pasaremos el resto de la eternidad al morir. Pasé al registro donde las chicas de la recepción fueron rápidas y amables. Adentrándome al salón de eventos lo primero que me abordó fue un edecán pintado de calavera vestido con un pozahuanco y un penacho que me ofreció una cerveza, la acepté, craso error; entre la botella y mi nula técnica con la cámara se volvió imposible manejarla con una sola mano para tomar fotografías. Me conduje por un pasadizo de paredes de cristal para llegar al interior deAltto donde se llevaría a cabo la pasarela que prometía el volante, del otro lado del muro de vidrio nos veían más edecanes-calavera, éstos con taparrabos; hubo quienes se detenían a fotografiarlos, otros pretendían pasar de largo mas no podían por el sentido unidireccional de la entrada. Al final del pasillo había una cortina de humo en la que se proyectaba el logo de la cervecera.

Vagando por el establecimiento para encontrar dónde sentarme reconocí varias caras, algunas de la tele, otras de la industria, otros de Internet. El ambiente era áspero, como suele serlo en estas reuniones y la iluminación del lugar a lo Neon Demon lo volvía aún más. Un sumario. Atuendos extravagantes, escotados vestidos de lentejuelas, gente de traje y la típica actitud no-me-mereces de la mayoría que, aunque reniegue, me gusta. No fue hasta que un mesero me detuvo en mi paseo errante que encontré lugar. Amontonado en el piso junto con mis compañeros de oficio aguardábamos en lo que sucedía algo. El suelo de la primera fila es un lugar inquietante, es parecido a la antesala donde esperan los concursantes de un torneo. Hay competitividad, es palpable, casi sápida; sin embargo, hay una extraña camaradería entre periodistas que solo se explica estando ahí. Se intercambiaban tarjetas de presentación, números telefónicos, cuentas de Instagram, consejos para escribir la nota, tomar una buena foto o abordar a la gente, algunos le pedían a los que estaban sentados en el front row que dejarande cruzar las piernas para abrir el campo de visión, nos contábamos nuestras historias profesionales y nuestrasituación actual: “yo soy freelance”, “yo trabajo en tal revista”, “yo en la otra”, “yo no sé qué hago aquí”; y comienza.

Sin más aviso que el de la iluminación que cambiaba se abrió paso un imponente espectáculo de bailarines prehispánicos que cargaban penachos en la cabeza. Ruidoso, dinámico, shocking, como escuché decir a algún asistente,era un imán de cámaras. Al terminar, ya con todos atentos,una introducción breve pero agradable de Isaac Hernández. No bailó, solo presentó el evento. Acto seguido, un concierto de Geo Meneses con La Banda Bastön; luego de dos o tres canciones empezó el desfile.

Cynthia Buttenklepper

Yakampot

Malafacha

Carla Fernández

Nueve diseñadores, dos looks por diseñador, algo así era el rumor que circulaba (y que resultó ser cierto). Con un paso regular las modelos, con la cara pintada como catrinas, caminaban con una canción que tensaba la atmósfera del lugar y de cuando en cuando enunciaba “los mexicanos somos chingones hasta en la muerte”, que era el hashtag que podía leerse en todas partes en el evento. Después del finale, la vocalista de Sotomayor entró a la pasarela para iniciar su show; debo admitir que canta bien y que la transición de evento de moda a concierto fue sutil y estuvo bien hecha, pero sin importar que tan conocidos sean no deberían empezar a cantar sin presentación alguna. Luego de los aplausos la prensa salió disparada sin despedirse y la banda pasó a ser ignorada en un escenario para ellos solos.

La pasarela me quedó a deber. No solo no fue lo que todo el mundo esperaba: un desfile individual por diseñador, aunque fuera corto, y un evento enteramente de moda; también pasó demasiado rápido. Al terminar muchos nos cuestionamos si realmente valió la pena esperar tanto para los pocos minutos que duró. No me detendré a hablar de la calidad de las propuestas, ya me decía un invitado que variaban mucho unas de otras tanto en calidad como en estilo y que, en realidad, no había la cohesión suficiente para decir que fue una presentación diversa, le daré la razón. En realidad, hay poco que juzgar, cada uno ya ha sido calificado en su momento y los demás sucesos no son del área de la revista. Eso sí, aplaudo al decorador, las esculturas de hielo (en especial el cráneo que estaba en medio de la pista) eran espectaculares y todo iba ad hoc con la temática del evento.

Finalmente, luego de que los fotógrafos se fueran y con ellos los influencers y las “figuras públicas”, se acabaron el brillo y las lentejuelas. Todo era una mancha uniforme en un solo tono oscuro. Vestidos de negro de pies a cabeza, la gente de moda sale de su guarida para comentar las colecciones y acercarse a sus amigos. Decidí quedarme un rato. El resto de la noche transcurrió normal; algunos, los menos, se tomaban foto con todo el mobiliario para sus “fans” del Internet, otros platicaban en grupos pequeños, cerrados. A eso de las once, cuando acabó el concierto y se estaba poniendo aburrido, después de las poses y del bluff, pusieron cumbia. Un parpadeo y la mitad del lugar se vació, cool kids don’t dance, que se queden los que bailan.

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