Historia de un vestido de novia

Era de madrugada, las horas pasaban lentamente mientras yo escuchaba el “falso” Ave María de Schubert una y otra vez, me tranquiliza los nervios a la hora de confeccionar un vestido. Y es que “este vestido”, no era uno cualquiera –vamos, que ninguno lo es-, pero se trataba de un traje de novia con encaje de más de 7 mil pesos el metro, una composición de cristales y arabescos que encontré en el segundo piso de la tienda poblana Janina. De repente me puse a pensar en la posibilidad de que el vestido percibiera mis sensaciones al coserlo, colocar las varillas se me complicaba más de lo usual, paré por unos segundos, y le pregunté “¿Cómo te sientes? ¿Qué estoy haciendo mal?”. Sucedió lo que no esperaba, el vestido respondió, y traía consigo un monólogo fenomenal…

Por Raphael Huerta.

“¿En serio quieres que te diga qué está mal? Estás mal tú, y peor me encuentro yo, de verdad te digo que no tengo ni tantito ánimo de estar en esa boda. Llegué a este país a bordo de un barco que me trajo desde muy lejos, vine con la ilusión de convertirme en el vestido perfecto para la novia perfecta… Y siempre que estamos a tres pasos de lograrlo, vamos de nuevo hacia atrás, porque ella volvió a subir de peso, por si fuera poco su actitud no ayuda en lo absoluto, cuando mencionaste la opción de hacer un corset escondido dentro de mí, yo estaba más que dispuesto, pero ella aseguró que con dieta se resolvería todo y ¡por poco se descosen mis cristales del susto! ¿Crees que no me lastimas cada vez que me encajas esas tijeritas para romper las costuras? Yo no aguanto una alteración más… Y tú, Raphael, sabes perfectamente que tu clienta nunca me ha mirado con ilusión sino como un objeto precioso que la ayuda a asegurar su futuro.

¿Sabes qué es lo que más me estresa, eso que hace que cada una de mis puntadas se afloje? ¡Su madre! Esa señora me saca de quicio cada vez que se acerca a manosearme… Lo peor es que un día, una de sus postizas se atoró con mi malla, ¿Puedes creer que la mujer me jaloneó para liberar la uña barata? Por si fuera poco, dejó atorada una de sus piedras en mi tul, tuve que agitarme como loco para quitármela de encima y no lastimarme a mí mismo.

Yo sé que me has confeccionado con amor pero me estoy volviendo tanto o más loco que tú. El otro día cuando tu clienta te contó que ella junto con sus amigas están ensayando una coreografía con reggaetón me sentí muy agobiado. ¿No crees que soy demasiado bello como para que ‘me bailen’ con esa música? Ve mis adornos, son románticos, delicados… ¡Si una de sus amigotas me pisa la cauda a medio baile en serio que voy a enfadarme! ¡Soy capaz de bajarme el cierre hasta lograr dejar a mi dueña semidesnuda!

Cuando le dijiste a la vendedora de Janina que necesitabas un encaje muy fino, asumí que la clienta, tenía por lo menos, clase, de haber sabido… ¡Ni te coqueteo para que me compraran a mí! Digo, no niego que hemos pasado buenos momentos tú y yo juntos, puedo decir que me caes bien aunque a veces te pongas a cantar la canción del pulpo ése, ¿cómo dices que se llama? ¿Úrsula? En fin, qué más querría yo que quedarme colocado para siempre en Valeria –uno de los maniquíes de modelado-, pero sé que eventualmente tengo que irme de aquí… ¿Y si me llevas de regreso a Janina? Diles que no le gusté a tu clienta, que te den otra tela, eres buen cliente, anda vamos, te dirán que sí”.

‘Ojalá fuera así de fácil’-respondí yo.

“Entonces, hagamos un trato, mejor dicho, sigamos una estrategia, aunque tu clienta haya dicho que no quiere el corset escondido, házmelo, cuando venga otra vez yo estaré reposando sobre el cuerpo de Valeria, haré todo por verme bellísimo, no le des tiempo de decir ni ‘pío’, hazme caso Raphael… Tú eres el que siempre dice que a la hora de coser, hay que confiar en el instinto, ésta vez lo pido yo, ¡lo exijo! Ahora bien, ¿quieres mantenerla contenta? Ofrécete para ayudarla a vestirse el día de la boda, pero no aceptes invitación a la recepción, quiero que me veas puesto el gran día pero no deseo que estés presente cuando me hagan bailar con J Balvin de fondo, eso sí que no, ¡Please! Y recuerda que su mamá ha decidido llevar las uñas de color rojo para ese día, no hay opción, tienes que ir, porque si no, la señora ayudará a mi dueña a vestirse, no quiero ni un manchón de esmalte rojo, ni uno…

Por último, será que mejor que me dejes descansar por hoy, necesito una buena beauty nap, y tú también, mira qué ojeras te traes, anda, nos vemos mañana. Prometo estar de mejor humor para cuando vengas, pero antes, recuéstame sobre la mesa grande y cúbreme…”

Cuando estaba a punto de salir del atelier, recordé que no le había dado ‘el beso de las buenas noches’, me acerqué, le sonreí y lo besé, sabiendo que nunca más hablará con nadie, que está destinado a quedar colgado en algún clóset por muchos años.

Al momento de partir, me dije a mí mismo:

“Has enloquecido…”

Kiss Kiss!!!

Hug Hug!!!!!

Imagen principal tomada de Oak Flats Anglican

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