¡Que seas muy feliz, que seas muy feliz!

México es un país que ha dado grandes cantantes al mundo del espectáculo internacional. En 1971, inició la carrera de un artista que enseñó cómo se cantaba con y desde el corazón, que lo hizo todo con amor, a pesar de llevar a cuestas el recuerdo más triste de Acapulco. Él se hubiera quedado para siempre con nosotros, pero no fue posible, él se tuvo que ir.

POR RAPHAEL HUERTA.

Juan Gabriel fue el nombre artístico de Alberto Aguilera Valadez. Así lo bautizó su primer maestro porque creía que Alberto no era nombre de cantante;  nunca imaginó el impacto que las composiciones y el particular estilo interpretativo tendrían en el público mexicano. Un simple Alberto se convirtió en un glorioso Juanga, chico de origen humilde que creció en una ciudad fronteriza, sin el amor de su madre, que se refugió en el cariño de personas ajenas a su familia y a quien más de 700,000 personas fueron a despedir en al Palacio de Bellas Artes.

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Es sin duda uno de los más importantes fenómenos de la industria musical, los medios cuestionaron su voz pero por encima de cualquier cosa, su orientación sexual. El calor y los movimientos casi femeninos de sus entonces breves caderas escandalizaron a la súper puritana sociedad de los años 70 pero lo convirtieron en un ícono para la comunidad LGBTTI que ávida de adorar a una nueva versión de Salvador Novo, adoptó las canciones y estética de Juan Gabriel.

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Cuando todos creían que el mayor descontento se debía al delicado candor de sus manos con el micrófono, a su cabellera puffy y la femineidad de sus pasos –quizás él le enseñó a La Dúrcal la forma correcta de batear sus enormes faldones-, se hizo de dominio público la presentación del “Divo de Juárez” en Bellas Artes. Decían que un cantante popular no debía pisar el majestuoso piso cobijado por vitrales opalescentes de Tiffany. Nada ni nadie pudo evitar que el compositor que había escrito canciones para figuras como Raphael o Isabel Pantoja y que vendió 20 millones de LP’s hacia 1980 se presentara en el mítico recinto.

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El primer motivo para recordarle es su inimitable repertorio, aunque muchos expertos criticaron la lírica de sus canciones, Juan Gabriel siguió adelante y logró que México entero cayera rendido a sus pies –sus detractores creo yo, son admiradores de clóset-. Hay algo cierto, para entender sus letras, sus frases: debemos contar con cierta experiencia de vida.

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Nos queda entonces su vestuario: colorido, lleno de texturas y patrones, algunos con piedras preciosas, siempre recalcando su amor por México. Su diseñador de cabecera, Alex Peimbert, lo describió como un hombre alegre, amigable, honesto, como un repartidor de amor para cualquier persona que lo necesitara. Y no es de extrañarse, más allá de su éxito, de la fama y del dinero, seguía siendo un niño que lo único que pedía era un poco de amor y atención. Rompió los esquemas al grado de rediseñar el traje de charro, convirtiéndolo en una armadura de color rosa Pepto Bismol.

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Debió llegar un momento en que decidió deshacerse de sus miedos, dejó a un lado las piezas sartoriales que cualquier cantante bien vestido debía portar. Era un hombre con el corazón triste, que fracasó en muchos intentos de amor, adornó su dolor con lentejuelas doradas y boleros de fiesta brava. Contrario a muchos, pareciera que él adquirió mayor seguridad al convertirse en un hombre mayor e ir ganando peso de manera estratosférica. A nadie le importaba, su público acudía fielmente a sus shows, él era un personaje, su vida una tragicomedia y el escenario su método de escape.

Nadie pensó que un día se quedaría dormido para llegar al lado de su amor eterno y seguir amándolo.

Que seas muy feliz, que sea muy feliz, mientras tu gente te sigue amando.

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